diumenge, 16 de juliol de 2017

No estando tú, la materia no es nada.

Hoy hace dos meses.
No te olvido.

Ya todo ha terminado.
Desalojaron tu casa.
Ahora en ella habita el silencio, el vacío, porque yo sé que no estando tú, la materia no es nada.

Algunos muebles han acabado como un desecho en la calle, donde va a parar lo que no sirve, donde han de estar los trastos viejos que estorban. Lejos.
Y los otros, los que dicen que tienen más valor, sillerías isabelinas, espejos y lámparas centenarios, objetos de plata, obras de arte, vajillas antiguas… cualquier dia me los encontraré en el mercadillo de los Encantes, en la tienda del anticuario que se los ha llevado, a cambio de nada, “por hacernos un favor”.


Pero yo sé que no estando tú, esa materia no es nada.

En tu casa el tiempo se paró cuando dejaste el sofá color malva, la mesa camilla de faldas estampadas, el butacón con el almohadón hundido, al lado del teléfono, donde esperabas mi llamada cada tarde, en los jabones de lavanda que perfumaban tu ropa.
El tiempo se paró en tu dormitorio, donde sentirías muchas veces la soledad y el vacío añejo en el lado derecho de tu cama.
Se paró el tiempo en la libreta que dejaste con el punto de página que te bordé en tela de seda y bajo la funda de las gafas que ya no te servían para tus ojos cansados. Se quedó el tiempo quieto en los objetos más simples que sobrevivirán aún después de haberte ido para siempre, como el vaso de agua sobre la mesa que tal vez calmara tu sed en un último sorbo o las migas del pan que aquel día te alimentó.

Pero yo sé que no estando tú, esa materia no es nada.

Durante mucho tiempo conservé todo tal como tú lo dejaste.
Iba a tu casa, recogía el correo, sentía el olor de tus cosas,  y mi mirada se detenía en la caja de metal dorado de tu abuela con su nombre grabado: Aurora; en la máquina de coser con la que confeccionaste tantos sueños y tan poco reconocidos. Mi mirada se detenía en el mantel de encaje desencajado, regalo de una amiga que se fue antes que tú, y sobre tu tocador, veía las pulseras centelleantes y las perlas, el signo de tu coquetería que has mantenido hasta el final.
Miraba los espejos que se jubilaron con tu ausencia, porque ya no reflejaron nunca más tu silueta. Y los vestidos en tus armarios, tus zapatos, todas tus pertenencias que mantenías en delicado orden...
Ellos y yo, cuántas veces hemos llorado tu ausencia al intuir que no regresarías.

Pero yo sé que no estando tú, esa materia no es nada.

Tu casa está vacía.
Las paredes desnudas, tatuadas por los contornos de los cuadros como sombras de su existencia.
Todo inerte como tantas imágenes de fotos que llenaron tu vitrina, de aquellos que decían quererte y nunca lo demostraron cuando eras ya viejita.
Las bombillas penden de un hilo desarropadas sin el cobijo de sus mamparas. El salón en penumbra, como siempre, porque tus ojos de delicada mirada, no toleraban la luz exterior porque hacia aumentar tu ceguera.
Ante esas paredes huecas te llamo sabiendo que el eco de mi voz, reverberando en las  estancias vacías, llegará a donde tú estés.

Me asomo a la terraza por última vez y veo a la gente transitando ajena a la tristeza que me embarga, igual de ajenos que aquellos que necesitabas cerca en la soledad de tu vejez,  y solo te mostraron indiferencia y desapego.



Y ahora, mamá, tengo un montón de cosas que me has dejado en el lote de lo que llaman herencia. Demasiadas. Me reconforta el transistor que te ronroneaba por las noches al acostarte, las muñequitas antiguas de gorritos estampados y pompas de jabón en la bañera, el jarrón de tu abuela que quisiste tener contigo hasta el final, … eso que yo sé que no estando tú, es materia y no es nada, pero tengo, y me reconforta todavía más, un espacio profundo donde guardo tu mirada, tu sonrisa, tus recuerdos, tus ganas de verme, tus últimas caricias, el eco de tu voz cantando conmigo en las últimas horas del adiós, ese espacio profundo se llama corazón. En él guardo lo que nos hemos regalado en vida.

Eso que yo sé que no es materia y lo es todo.


De la única gestión que yo no me encargué.  Estaba tan triste, tan agotada, tan estresada con los temas de herencia que no fui capaz de luchar por unos muebles, pero...como de antemano ya supuse, a la venta en mercadillo de Los Encantes, he encontrado este mueble de casa de mi madre que, junto con otros muchos de valor, se llevó el anticuario (Sr. Miquel LLopis de Barcelona)  por 0 euros, bueno, a cambio del trabajo de desalojar el piso.
El mueblecito en cuestión  lo tienen a 300 euros. Así ya comprendo cómo muchos se ganan a la vida.








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