divendres, 21 d’abril de 2017

Donde se cuenta lo que le sucedió a don Quijote, yendo a ver su señora Dulcinea del Toboso




𝕰𝖓 𝖚𝖓 𝖑𝖚𝖌𝖆𝖗 𝖉𝖊 𝖑𝖆 𝕸𝖆𝖓𝖈𝖍𝖆...
—Bienvenido seáis Don Alfonso Quijano ¿Qué tal por los campos de Castilla?
¡Ufff! Quitaos por Dios la armadura que debajo de ese peto oléis a perro. Y acercaros después al corredor porticado que dispondré de un arrimadero para vuestro descanso, mientras, avisaré a los músicos que toquen la chirimía, el laúd y la vihuela para vos.

—¡Ay princesa y señora universal del Toboso! mi Dulcinea, si vos tuvierais las ganas mías de estrujaros, no sería menester quitarme la armadura, ni os atufaría la peste acumulada en el camino.Vuestra merced ha de saber que he atravesado un mar dorado de trigo, que he luchado contra aspas de veleros gigantes como molinos, que sentado en la albarda de Rocinante, perdí los estribos más de una vez y estoy deslomado. Vengo tan roto que, si no llega a ser por el morrión y el espaldar que me protegen, no hubiera podido llegar para veros.
Acérqueme por Dios señora, el botijo de agua, que vengo seco, con bota vacía desde Quintanar de la Orden.

__ He dicho, Don Alfonso, que os despojéis de la armadura. Hay agua en el aljibe, para beber y para asearos.

__ ¡Oh doncella exigente! ¡Agora me libre Dios del diablo! lo que vuestra merced mande con tal de faceros contenta si después podemos vernos, frente a frente, para fablar de las buenas nuevas que traigo para vos.

Leyendo el Quijote me doy cuenta que los tiempos no han cambiado nada. Cuando llego del taller, mugriento y sudado, mi mujer recoge mi mono como si estuviera apestado, no me mete a mí en la lavadora de puro milagro, pero me envía sin contemplaciones a la ducha…𝖘𝖎𝖓 𝖉𝖚𝖉𝖆 𝖆𝖑𝖌𝖚𝖓𝖆. 𝖁𝖆𝖑𝖊.
𝕱𝖎𝖓.


Para los viernes creativos

dilluns, 17 d’abril de 2017

El presagio del anaquel

La vidriera emplomada filtra una luz especial que le da calidez a mi despacho. Un haz proyecta sobre mis papeles un arco iris que se refleja también en las monedas, plumillas, sellos y cartas que están amontonados sobre la mesa. Paso las horas sentado en mi sillón frente a la biblioteca, protegido por el muro de sabiduría que son mis libros antiguos. A mi nieta le pido que me lea en alto. Sus ojos son mis ojos ya que, por mi edad avanzada, se han vuelto opacos. Le hago escoger un libro y de memoria le señalo la página dónde están las ilustraciones de mi hermano Enric, el xilógrafo Ricart, que tanto le gustan.
Pasamos las tardes entre Josep Pla, Eugeni D’Ors y Josep María de Sagarra, amigos de familia, ya ausentes, por los que siento admiración.
Me relaja tanto la lectura que a veces mi nieta se cree que estoy dormido, y no es así. Si algún párrafo me llama la atención, como: "es más difícil describir que opinar, infinitamente más. En vista de lo cual todo el mundo opina”, de Josep Pla, abro los ojos, levanto mi huesuda mano y asiento mi conformidad.

Hoy mi nieta está adormilada.

Rompe el silencio un murmullo de voces que sale del estante de la biblioteca. Oigo la voz de Josep Pla, en la página 284 de Retrats de Passaport, que le recuerda a mi hermano Enric lo bien que comían en la Crémerie del Boulevard de Montparnasse, a pesar de ser un local barato, macilento y triste.

—¿Te acuerdas de Metzanov, el griego del Mar Negro, dibujante de frivolidades, que Mercader había conocido en Munich, cuando le preguntó a Miró si pintaba paisaje o figuras?
—Sí, sí, me acuerdo.
Responde mi hermano apoyado en la barandilla de un renglón del libro L'Odisea de Carles Riba. 

—Me acuerdo cuando Miró le dijo que pintaba sueños, que sentía simpatía por los surrealistas y Metzanov incrédulo, le respondió: ¿pintar sueños? ¿es posible? Si ya pintar unos zapatos, una corbata, las piernas de una señorita es difícil, pintar los sueños. Usted debe pintar signos…
y Miró con una violencia apenas contenida, el pecho hinchado, cargándose de hombros, la cara inyectada con una acentuada crispación enrojecida le contestó:

—Pinto como me parece; y si usted quiere pinto signos… ¿Y qué?

—jajajaja  Y tú ¿te acuerdas del dia que conocimos a Joan Miró?

—Recuerdo lo que escribió Pla de él: "Aquel muchacho bajito, regordete sonrosado, tieso, muy bien vestido con una ropa de color de hoja muerta y corbata colorada, tierno y fino. Llevaba bombín, presentaba unas mejillas admirablemente afeitadas y saludables, todo perfectamente conjuntado y bien dispuesto, todo era nuevo, el reloj de pulsera le marcaba la hora exacta, las uñas eran unos pequeños sorbos de rocío, la raya de los pantalones le caían verticalmente sobre las polainas que cubrían sus relucientes zapatos..."

¡Ay qué tiempos aquellos!
Añoro tanto aquella época de Paris de los años 20, cuando paseábamos por las galerías Rosenberg que voy a reanudar las tertulias de arte, de política y de literatura, por eso esta noche he quedado con ellos.
Siento que mi nieta sufra mi ausencia.
Me voy a dormir un sueño profundo. Sin retorno.

Zenda #historiasdelibros

Perdurar




Soy un libro con suerte. 
Llevo en la solapa su foto, en el lomo su nombre y muy adentro, su pensamiento. Se desnudó dando lo mejor de sí mismo, en un proceso en el que fuimos el uno para el otro, hasta que me entregó generoso a otras manos.
En cada una de ellas me he salvado de morir de olvido.





Zenda #historiasdelibros

divendres, 7 d’abril de 2017

El eco de tu voz



Muchas tardes camino hasta el mirador desde donde diviso el pueblo. Subo por el sendero que bordea la montaña, entretenida con las formas caprichosas de las rocas, que en algún tramo parecen horadadas por el viento. Bajo la sombra de las encinas y entre acebos del sotobosque, siento el silencio, interrumpido a lo lejos por el rumor del agua que, en cascada, precipita su cauce. Sueño que vuelo alto como un águila, inventando piruetas con alas que arremolinan el aire, aire cálido, porque es aire enamorado. Grito tu nombre y espero el eco de tu respuesta. Entonces me parece oír tu voz cuando me dice que un día andaremos, por siempre juntos, nuestro camino hasta la cima.

Para los Viernes creativos